(Quiero estar como) Kafka en la orilla (del mar)

Hoy no hice nada.
Bueno, casi nada. Salí a caminar y en la inercia del paseo me senté bajo un árbol en el bar de Rivadavia y Callao, en una mesa estratégicamente escondida de los turistas y de los chicos de estampitas. Pedí un cortado en jarrito. El mozo era simpático. Me trajo el cortado con un conito de dulce de leche que comí sin dudar. Tampoco dejaba de comerme el libro: Kafka en la orilla es el cuarto de Murakami que voy leyendo y me tiene atrapada. No puede ser. Leeme, me dice esté donde esté. Y yo que no puedo resistirme a la delicia de leer en los bares. Es uno de mis mayores placeres, de verdad. Anocheció y no me di cuenta, sólo lo noté porque estaba sintiendo frío y no tenía nada para abrigarme. Creo que si hubiera estado tomando cerveza, aún seguiría en el bar. Pero como ningún placer es eterno, llamé al mozo, quien sonrió morocho al darme el vuelto, y me levanté. Ahora en casa espero terminar de hacer lo que tengo que hacer para agarrar mi ladrillo Murakami.